Un Papa de "Civil"

Ayer por la tarde, las redes ardían —y no precisamente por una herejía doctrinal— sino por una imagen que parecía sacada de otro universo: un anciano calvo, con oxígeno, envuelto en una manta (¿o era un poncho andino?), con pantalones oscuros y camiseta blanca… que resultó ser nada menos que el Papa Francisco.
Sí, el Papa. Sin sotana, sin cruz pectoral, sin solideo. Sin escudo, sin armadura, sin trono. Un Papa “de civil”, como tu abuelo que sale a comprar el pan después de la siesta. La Santa Sede tardó en confirmar la imagen, como si les costara procesar que el Vicario de Cristo también puede vestirse como un cristiano común. Y mientras eso pasaba… en algún rincón del orbe católico, un grupo de clérigos con sotana negra y con mentalidad de museo probablemente murmuraban el rosario de los escándalos modernos: ¡Un Papa sin sotana! ¡Los signos sagrados se nos deshilachan!
Los sacerdotes preconciliares, esos custodios de la elegancia tridentina, aún caminan con la sotana ondeando al viento como podemos ver en la película «Roma» Federico Fellini, cualquier puede ver la escena en Internet. Se levantan cada mañana como si aún fuera 1958, convencidos de que la salvación pasa por el largo de la manga y el grosor del alzacuello. Mientras tanto, el Papa sale sin avisar, sin capa pluvial ni incienso, a rezar con oxígeno en la nariz y una manta de rayas sobre las piernas. ¿Iconoclasia? No. Solo humanidad.
La escena tiene más poder que mil homilías de púlpito dorado: el líder de la Iglesia católica aparece como un hombre frágil, enfermo, sencillo. No renuncia al ministerio, pero sí —con pequeños gestos— al espectáculo. Ya no hace falta un trono alto ni una tiara de tres coronas. Basta una manta. Y, sin embargo, en las sacristías se oyen quejidos: «El hábito hace al monje», dicen, como si Jesús hubiera usado clergyman.
En 1981, Juan Pablo II apareció en pijama en su habitación del Gemelli tras el atentado. Hoy, Francisco lo hace por elección: porque quiere rezar como cualquiera, caminar como cualquiera, y vivir —en la medida de lo posible— sin rendirse a las escenografías del poder eclesiástico.
El contraste es brutal: por un lado, los curas que aún ven en la sotana negra un escudo frente al mundo, como si la santidad se vistiera con botones hasta los pies. Por el otro, un Papa que parece decir: “Sí, soy frágil. Sí, estoy viejo. Y sí, sigo siendo Papa aunque no me vista de blanco”.
A veces, la sotana es un símbolo; otras, una coartada. Y en esta época en que la Iglesia busca recomponer su credibilidad, quizás lo que más necesita no es una vuelta al guardarropa de Pío XII, sino gestos como el de Francisco: desarmados, reales, casi incómodos de lo sinceros que son.
No fue una foto calculada, pero terminó siendo más elocuente que cualquier documento pontificio. No es que Francisco esté “dejando de ser Papa” por vestirse como un hombre cualquiera. Es que, precisamente por eso, lo es más que nunca.
Porque al final, Jesús tampoco usó vestiduras para distinguirse del resto. No llevó túnicas bordadas ni se paseó con galas sacerdotales. Caminó con los suyos, con el polvo en los pies y la ropa de un cualquiera. No necesitó un clergyman para enseñar ni una sotana para sanar. El gesto de Francisco —humilde, humano, real— nos recuerda eso: que la fuerza del Evangelio no se viste de gala. Se encarna, se arruga, se cansa… y sigue caminando.
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Francisco, o Jorge, despojado de toda pompa y algarabía, sencillo y cercano. Haciendo vida una de las oraciones que más rezó en su vida. Pero está vez en su verdadero sentido de abandono total: «Tomad, Señor y recibid toda mi libertad,
mi memoria, mi entendimiento,
y toda mi voluntad,
todo mi haber y mi poseer;
Vos me lo disteis,
a Vos, Señor, lo torno.
Todo es vuestro,
disponed todo a vuestra voluntad;
dadme vuestro amor y gracia,
que ésta me basta.»
Sin duda solo Dios basta.
Gracias, Seguiremos haciendo lios . porque hay muchos Franciscos ahora